Mi opinión sobre la IA: notas desde un cambio de paradigma

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Mi opinión sobre la IA: notas desde un cambio de paradigma


Cuando digo IA en este post, me refiero a la ola actual: LLMs, agentes, asistentes de código.

Lo que veo

Estamos en un cambio de paradigma. Es un cambio en la forma de trabajar, de ejecutar, y de pensar lo que la tecnología puede hacer por nosotros.

Y sin embargo, veo a mucha gente resistirse. Programadores que llevan años en esto, gente con experiencia, gente capaz, trabajando igual que hace cinco años, como si nada se hubiera movido. O peor: convencidos de que es solo el juguete nuevo del que todos hablan, y que va a pasar de moda si esperan lo suficiente.

No va a pasar.

Las excusas son intercambiables

Las razones que escucho cambian, pero el mensaje detrás es siempre el mismo.

  • Que es cara.
  • Que es de mala calidad.
  • Que a mano sale mejor.
  • Que no quieren hablarle a una máquina.
  • Que el código que genera hay que revisarlo igual.
  • Que se equivoca.
  • Que no es “verdadera ingeniería”.

Todas estas frases dicen lo mismo cuando las sumás: no la voy a usar. Y la justificación se construye después, no antes. Primero está la decisión emocional de no entrar. Las razones técnicas vienen a tapar el hueco.

Lo curioso es que el mismo programador que descarta la IA porque “hay que revisar el código que genera”, no le aplica esa misma exigencia al código que escribe a mano. El código hecho por humanos también tiene errores y también necesita revisión. La vara se levanta solo cuando conviene.

No es opinión técnica, es miedo

Cuando rasgás un poco la superficie, la cosa cambia.

Es miedo a que el tiempo invertido pierda peso. Diez, quince, veinte años aprendiendo un oficio, y de repente alguien con menos experiencia puede entregar resultados parecidos en menos tiempo usando herramientas que no existían el año pasado. Eso duele. Eso desestabiliza la identidad.

Es miedo a la incertidumbre. Nadie sabe exactamente cómo se va a ver el trabajo en cinco años, y la mente humana detesta no tener mapa. Es más fácil clavar el pie y decir “esto no va a llegar a mí” que aceptar que no sabés lo que viene.

Y para tapar todo eso, aparece la superioridad moral. “Yo escribo código de verdad.” “Yo entiendo lo que hago.” “Yo no necesito una máquina que me ayude a pensar.” Sonaría bien si fuera una elección consciente entre dos caminos válidos. Pero no lo es. Es defensa.

El problema más grande es que se obsesionaron con el cómo (con el ritual de escribir cada línea) y perdieron de vista el qué. El objetivo siempre fue resolver problemas y construir cosas que sirvan. La forma de hacerlo cambió varias veces a lo largo de la historia del software, y hoy nadie quiere volver a hacerlo así.

Pero no toda la resistencia es miedo

Una parte es reacción justa a la sobrepromesa del lado vendedor.

Cada cierto tiempo aparecen titulares exagerados: el CEO de Anthropic diciendo que la ingeniería de software va a desaparecer, el CEO de Nvidia diciendo que ya nadie va a necesitar programar, anuncios de que la AGI (inteligencia artificial general, comparable a la humana) está a la vuelta de la esquina. Y mientras tanto, uno se sienta a usar la herramienta de verdad y se encuentra con que está caída, o tarda cinco minutos en responder, o no termina lo que le pediste. Como con todo, nada es perfecto. Pero hay que aprovechar lo bueno que sí ofrecen.

Probablemente tengan razón en parte. La ingeniería como la conocíamos hace diez años sí va a cambiar mucho. Pero el envase absolutista termina haciendo el efecto contrario: el que está del otro lado lo escucha, se ofende, y se cierra. El ruido del marketing empuja a la gente todavía más para el otro lado.

Y por eso mismo, lo que termina marcando la diferencia es la experiencia humana trabajando junto a la herramienta. La IA sin criterio no llega a buen puerto. El humano sigue siendo lo más importante del proceso.

Es justo nombrar todo eso. Pero también es justo no usar la sobrepromesa ni los baches del producto como excusa para no mirar lo que sí está cambiando. Una cosa es el discurso de keynote, otra es lo que ya pasó en cómo trabajamos.

Programar no es ingeniería de software

Hay una confusión que arrastramos hace décadas: programar y hacer ingeniería de software no son lo mismo. Están muy cerca, casi pegadas, y por eso es fácil confundirlas. Pero son distintas.

Programar es el acto de escribir el código que resuelve un problema ya definido. Es el “cómo”. Es ejecución.

Ingeniería de software es todo lo demás:

  • Entender el problema antes de escribir nada.
  • Diseñar la solución y evaluar las contrapartidas.
  • Decidir qué construir y qué no.
  • Diseñar el producto para que sea configurable, no atado a un solo cliente o caso.
  • Entender cómo cada cliente lo usa y qué valor real le entrega.
  • Elegir la base de datos correcta para el caso.
  • Pensar cómo el sistema va a escalar sin caerse.
  • Cubrir la seguridad desde el día uno.
  • Tener métricas y trazabilidad para saber qué está pasando.
  • Sostener la disponibilidad y soportar el sistema cuando algo se rompe.
  • Integrarlo con el resto del ecosistema.
  • Asegurar que todo eso le entregue valor al negocio que lo sostiene.

Es el “qué” y el “por qué”. No es solo escribir código asistido por IA. Es cubrir todo eso, día tras día.

La IA come programación mucho más rápido de lo que come ingeniería. El que reduce su identidad al acto de escribir código va a sentir la amenaza con fuerza, y tiene razón en sentirla. El que se ve resolviendo problemas y diseñando sistemas, ve una herramienta que multiplica lo que ya hacía.

Confundir las dos cosas explica buena parte del pánico.

La industria siempre fue así

El que lleva tiempo en esto sabe una cosa: cada cierto tiempo, todo cambia.

  • Cuando llegó Linux: Microsoft pasó años desprestigiándolo (hasta que llegó Satya Nadella y lo integró), Tanenbaum, autor del MINIX en el que Linus se había inspirado, lo criticó diciendo que ya nacía obsoleto, y de paso normalizó algo que recién décadas después se aceptaría como obvio: equipos distribuidos por todo el mundo trabajando juntos.
  • Cuando llegó Bitcoin, los bancos y las pasarelas de pago hicieron exactamente lo mismo.
  • Cuando llegó la nube, de repente podías escalar tus servicios miles de veces, y hubo gente diciendo que no era “ingeniería de verdad”.
  • Cuando llegó Android y terminó metido hasta en las neveras.
  • Cuando aparecieron los lenguajes de alto nivel y decían que sin escribir en ensamblador no eras programador de verdad.
  • Cuando llegaron los contenedores y nadie sabía bien si eran ingeniería o packaging.
  • Cuando GitHub se volvió la plaza pública del código.
  • Cuando llegó internet y de golpe todo quedó conectado.
  • Cuando llegó el navegador y la web dejó de ser cosa de unos pocos.
  • Cuando llegó el iPhone y el teléfono se volvió una computadora.
  • Cuando llegó la tablet y decían que el PC, como lo conocíamos, ya no hacía falta.
  • Cuando llegó git y cambió cómo trabajamos en equipo.
  • Cuando aparecieron Google y Stack Overflow y decían que copiar algoritmos de ahí ya no era ser programador de verdad.
  • Cuando llegaron los frameworks y decían que usarlos tampoco era ser programador de verdad, que había que construirlo todo desde cero. Symfony en PHP, Django en Python.
  • Cuando llegaron los IDE (entornos de desarrollo integrados) con autocompletado que te lo armaban casi todo, y otra vez lo mismo.
  • Y unos cuantos más que seguro me estoy olvidando.

Unos tuvieron mayor impacto que otros, claro. Pero el cambio siempre estuvo ahí, es parte de la naturaleza de esta industria.

Cada vez hubo gente que se plantó y dijo “esto no va a llegar lejos”, y cada vez esa gente quedó del lado equivocado de la historia.

Yo mismo me equivoqué con esto. Cuando llegó React, fui de los que pensó que no iba a funcionar. Por suerte me puse a aprender, a entender por qué tantos estaban entusiasmados, y terminé del otro lado. Eso es lo que importa: no quién acertó al inicio, sino quién estuvo dispuesto a adaptarse.

Es una carrera de cambios de inicio a fin. En la universidad nos lo decían: “si quieren seguir estudiando toda su vida, sepan que eso es lo que van a hacer en esta carrera.” Y cuánta verdad. Pero es una carrera para el que ama construir, para el que quiere hacer cosas grandes y llegar cada vez más lejos. (Esa ambición a veces es atacada, aunque afortunadamente no por todos, pero ese es otro cuento.)

Desaprender y volver a aprender cada cierto tiempo es indispensable. No es opcional. Es la habilidad real del oficio, no el lenguaje de moda ni el framework de turno. El que entendió eso temprano se mueve liviano. El que cree que ya aprendió lo suficiente se queda.

Y acá entra algo más incómodo: la estabilidad y la falta de hambre matan la ambición. Cuando ya lograste un puesto cómodo, un sueldo decente, una posición que respetás, es fácil convencerte de que ya está, que ya hiciste tu parte, que ahora le toca a los más jóvenes. Es exactamente al revés. Es justo cuando tenés el contexto, las cicatrices y la perspectiva para construir cosas grandes, que decidís quedarte mirando.

Es el momento de construir

Lo que tenemos disponible hoy, hace cinco años era ciencia ficción. Cosas que un equipo de diez personas tardaba meses en levantar, ahora las puede armar una sola persona en una tarde. Eso no es una amenaza. Eso es una invitación.

La diferencia entre el que avanza y el que se queda está en algunas cosas concretas:

Visión. No alcanza con saber cómo hacer las cosas, hay que mirar más allá. Pensar en cómo funciona una empresa entera de principio a fin, cómo se mejoran procesos, cómo se vuelven más efectivas las operaciones, cómo se incrementan ventas, cómo se hace crecer un negocio, entre otras tantas cosas. La visión es lo que te lleva a cuestionar por qué algo se hace como se hace, y a proponer otra forma.

Humildad. Aceptar que te equivocás a diario. En serio, no como pose para parecer humilde. Aceptar que hay cosas que no sabés que no sabés, y que probablemente otras personas las están viendo. La humildad no es decir “no soy capaz”, es estar dispuesto a aprender de cero algo que pensabas que ya dominabas.

Introspección. Pararte un rato y preguntarte qué de lo que estás defendiendo es realmente tuyo, y qué es solo costumbre o miedo disfrazado. Es incómodo. Por eso casi nadie lo hace.

Ambición. No quedarte haciendo diez kilómetros cuando podés hacer cien. No por competir con nadie, sino porque podés. Porque la herramienta está ahí, y dejarla afuera por orgullo es desperdiciarla.

Y la invitación va más allá de la IA. Es momento de repensar todo lo que veníamos haciendo en piloto automático y preguntarnos si sigue teniendo sentido, o si lo hacíamos solo porque siempre se hizo así. Algunas preguntas para arrancar:

  • ¿Tiene sentido que un deploy (llevar un cambio a producción) todavía dure 30 minutos?
  • ¿Tiene sentido seguir haciendo revisiones de código manuales en cada PR?
  • ¿Tiene sentido un sprint (ciclo fijo de trabajo del equipo) de dos semanas?
  • ¿Tiene sentido construir un backoffice cuando con IA armás el flujo en una tarde?
  • ¿Tiene sentido seguir operando con Excel?
  • ¿Tiene sentido sentarse tres horas al día a hacer un video de marketing manual?
  • ¿Tiene sentido el mismo ciclo de ventas de hace años?
  • ¿Tiene sentido hacer minutas después de cada reunión?
  • ¿Tiene sentido seguir pagando todas las herramientas que acumulamos sin revisar lo que aportan hoy?

En el fondo, la pregunta es una sola: ¿tiene sentido todo lo que estuvimos haciendo durante años? Esa es la invitación. Volver a mirarlo todo, pensar diferente cómo resolver los problemas, hacerlo divertido de nuevo, y mejorarlo mucho más.

Y también hay problemas nuevos por resolver

Y al mismo tiempo, aparece un universo de problemas nuevos por atacar.

Algunos ejemplos:

  • Pagos inmediatos entre países, sin fricción.
  • Captar la atención de los clientes entre tanto ruido generado por IA.
  • Protegerse de ataques avanzados que ahora se potencian con IA.
  • Validar identidad de forma más sólida.
  • Mantener sistemas estables con 10x más features y código que antes.
  • Resolver bugs en una fracción del tiempo.
  • Armar bases de conocimiento unificadas para todas las integraciones de la empresa.
  • Lidiar con la dependencia creciente de la IA sin perder autonomía.
  • Pasar de prospecto a venta en mucho menos tiempo del que tomó siempre.

Como estas hay muchas otras todavía por resolver. Hay mucho por hacer y por construir.

Para cerrar

No escribo esto para convencer a nadie. Lo único que sugiero es parar un momento y preguntarse honestamente qué hay debajo de la propia resistencia, si es que la hay. A veces es criterio. A veces no.

Escribo desde la mirada de alguien que quiere construir y no le ve techo a lo que se puede hacer. Puedo estar equivocado en algo, y si alguien me muestra dónde, escucho. Pero estar abierto a equivocarme no me impide compartir lo que pienso.

Esta es mi opinión sobre la IA. Si la estás leyendo y algo te resuena, probablemente ya lo estabas viendo.

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